El pensamiento funciona mejor lejos de los lugares cotidianos. Mientras, en tren, deslizamos nuestra mirada por una hilera de árboles o por los suburbios de una ciudad nocturna, el pensamiento libre de ataduras y de la propia obligación de ejercer su trabajo, nos da sus mejores frutos. Las mejores ideas surgen espontáneamente en las estaciones o a la espera de la salida de un avión, cuando paseamos sin rumbo por caminos nunca vistos antes, o ante el mar y un sol distinto.
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¿Qué pensará de mi este viejo perro triste?
¿Cómo verán sus ojos sin amo a este contemporáneo que huye de las moscas que escoltan su abandono?
El hombre urbano olvidó pronto los centros: el escarabajo que inspecciona la tienda de campaña, la chicharra y su desquiciante sinfonía diurna, los invisibles peces, la hierática flor de la pita.
Olvidar no es el verbo. Ignora, elude, a veces pisotea.
Nuestro mundo es el mejor de los mundos, pero también el de la negra alga posidonia o el de una fuente que corre es el mejor.
¿Llegará un día como quería Wordsworth que nos interesen más los amores de las libélulas o las migraciones de los pájaros que las noticias del falso corazón?
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